Dismiss it as primitive fiction if you like, but there’s real-world genius at work in the story of Adam and Eve. Fundamentally, it’s a story about what it means to be human. This first couple was created by love for love. They’re enveloped by lush abundance of every kind. They’re roommates with God in a garden paradise. There are no question marks about God’s presence or provision. There are no inhibitions. But, there’s one prohibition. Despite being planted in this pulsing paradise and given dominion over it, they’re seduced by a talking snake to disobey God. This story reveals what we must know about ourselves if we are to become spiritually mature. That, we who call God ultimate, trustworthy, and deserving of worship have a healthy appetite for disobedience to God. And, this capacity to be seduced to disobedience causes us to forsake freedom, turn our back on abundance, harm ourselves, each other and the generations that come after us. What the story reveals is our susceptibility to the temptation to play God! By the way, that’s how the talking snake got them, he baited them with the words, “…eat the fruit, and be like God.” All disobedience to God at its core is a refusal to submit to God’s words and ways. Somehow, despite mountains of evidence to the contrary, we have convinced ourselves we know better than God. During this season of Lent, use the space, practices and assurance that we are not condemned by God for our past disobedience to acknowledge and confess your penchant for disobedience to God. To confess is to give voice to the fact that we are out of agreement with God and now are ready to take responsibility for realigning ourselves with God’s will. After all, “confession is good for the soul!”
For People with Bishop Rob Wright
The podcast expands on Bishop’s For Faith devotional, drawing inspiration from the life of Jesus to answer 21st-century questions.
Confesamos nuestra desobediencia.
Podemos descartar como algo ficticio si queremos, pero hay algo único y real en la historia de Adán y Eva. Fundamentalmente, es una historia sobre lo que significa ser humano. Esta primera pareja fue creada por amor y para el amor. Están rodeados de una abundancia exuberante de todo tipo. Son compañeros de cuarto con Dios en un paraíso de jardín. No hay signos de interrogación sobre la presencia y/o provisión de Dios. No hay inhibiciones. Pero, hay una prohibición. A pesar de haber sido puestos en este paraíso bello y de haberle dado dominio sobre él, son seducidos por una serpiente parlanchina con la tarea de desobedecer a Dios. Esta historia revela lo que debemos saber de nosotros mismos si queremos llegar a ser maduros espiritualmente. Que nosotros, que llamamos a Dios último, digno de confianza y merecedor de adoración, tenemos un sano apetito de desobedecer a Dios. Y, esta capacidad de ser seducidos a la desobediencia nos hace abandonar la libertad, dar la espalda a la abundancia, dañarnos a nosotros mismos, a los demás y a las generaciones que vienen después de nosotros. ¡Lo que revela la historia es nuestra susceptibilidad a la tentación de jugar a ser Dios! Por cierto, así es como la serpiente parlanchina los encontró, los durmió con las palabras, “…coman el fruto, y serán como Dios.” Toda desobediencia a Dios, en su núcleo, es una negativa a someterse a las palabras y caminos de Dios. De alguna manera, a pesar de las montañas de evidencia de lo contrario, nos hemos convencido de que sabemos mejor que Dios. Durante este tiempo de Cuaresma, use el tiempo, las prácticas y la seguridad de que no somos condenados por Dios por nuestra desobediencia pasada para reconocer y confesar su inclinación por la desobediencia a Dios. Confesar es dar voz al hecho de que estamos fuera del acuerdo con Dios y ahora estamos listos para asumir la responsabilidad de reorientarnos con la voluntad de Dios. Después de todo, “¡La confesión es buena para el alma!”


